





Algunos dicen que cuando un colombiano migra no solo empaca sueños y miedos, sino que también mete en la maleta un pedacito de su cocina, de sus recetas y de sus abuelas. Lo creo firmemente, porque uno podrá cambiar de país, de idioma y de rutina, pero el antojo de una arepa caliente, el olor del hogao o ese saborcito del sudado de pollo de Nancita nunca se sacan del alma.
La gastronomía es puente, consuelo y resistencia cuando se vive lejos de casa. Lo siento cada que hablo con quienes salieron a buscar futuro en otras tierras: la comida colombiana se extraña tanto que la adaptan, se transforma y se vuelve parte del nuevo hogar. Y en esa renovación hay una belleza tremenda, un arraigo único y una manera muy particular de honrar la memoria del país y la familia.
Me encanta pensar que ahora hay empanadas de masa de hojaldre en lugar de maíz, porque era lo más parecido en algún supermercado. O que alguien aprendió a hacer sancocho con tubérculos locales de Europa, solo por el gusto de revivir el ritual del caldo espeso un domingo. Esa adaptación no es pérdida: es creatividad, es evolución, es la cocina migrante abriéndose camino “como sea”, diría mi abuela, para que sepa a casa.
También emociona ver cómo muchos colombianos convirtieron esa nostalgia en emprendimiento. Las cocinas se han vuelto trincheras de identidad. Conozco casos hermosos: una caleña montó su puesto de pandebonos en Boston, se volvió emprendedora y dueña de un lucrativo negocio, e hizo de todas sus amigas embajadoras de la marca; un antioqueño que sirve bandeja paisa en Melbourne, acompañándola con buen café y un millón de historias contadas en el idioma que toque; y hasta una cartagenera que enseña a hacer arroz con coco y platanitos tentación en talleres de cocina colombiana en Londres. Y ni qué decir de la mejor lechona de Nueva York, que se vende en el food truck 69 Las Delicias, frente al consulado colombiano. De las mejores que me he comido.
Ellos venden más que comida: comparten cultura, crean comunidad, cuentan historias a través de sabores. Y ahora, en esta revolución de las redes sociales, hacen milagros en ventas y convocatorias pues, aunque el clima sea distinto y el acento suene raro, un ajiaco puede calentar el corazón como si estuvieras en Bogotá o en Pasto. Y es que la comida también es una forma de decir “aquí estoy, esto soy, esto traigo y sigue presente un pedazo de mi vida anterior”.
Migrar también implica descubrir nuevas cocinas, abrir el paladar a otros mundos y productos que llenen el corazón, y eso enriquece. He visto cruzar sabores colombianos con ingredientes y técnicas de otros lugares, creando platos mestizos maravillosos. ¿Una empanada de camarones con curry tailandés? ¿Un ceviche con maracuyá y albahaca? Duro al principio, pero válido si es el camino para construir una nueva historia de encuentro. Es mestizaje en acción, el lenguaje de la cocina hablando sin fronteras, la manera actual de reconocernos en la diversidad del mundo.
Pero no todo es romanticismo. A veces la comida recuerda lo que se ha perdido. El plátano maduro, que allá cuesta cinco veces más; el tomate de árbol, que no nos gusta pero vale cuatro dólares; el queso costeño, siempre imposible de encontrar, o el maíz trillado, que no aparece ni con mapa. El ingenio colombiano resuelve e improvisa para seguir cocinando con alma, porque estamos seguros de que, por más frío o lejos que estemos, el corazón colombiano se llena de hogar.
La gastronomía migrante es testimonio de resiliencia, de nuestra identidad móvil, del deseo profundo de seguir siendo, aunque estemos lejos. Es un acto de amor por nuestras raíces y, al mismo tiempo, una invitación a mezclar, a compartir, a contar quiénes somos. Realmente hacemos más que cocinar: tendemos puentes, sembramos memoria y llevamos a Colombia en cada bocado. Los colombianos no solo migramos: nosotros sazonamos el mundo.
Último hervor: En estos dos últimos años, la vida me ha enseñado a trabajar por los principios y proyectos que quedaron truncados cuando alguien se fue antes de tiempo; es la manera más corta de honrarlos. Hay que abrir los ojos y cuestionarnos qué está pasando con el sector cultura (incluida la gastronomía) del país, a dónde se fueron los proyectos que buscaban a Colombia como destino de inversión. El tiempo pasa y estamos enredados en promesas imposibles de cumplir, ya no solo por su inentendible lógica, sino porque ya no queda tiempo en esta administración. Mi abuela decía que el sentido común era el menos común. Es momento de enfocarnos, de dejar de comer cuento y comenzar a trabajar en algo certero: la papita, la salud y el progreso del país.
#MadamePapita