Acerca de

Madame Papita, una columna de placeres gastronómicos.

Colombiano que se respete es consumidor ferviente de la papa, y yo soy el claro ejemplo de eso. Blanca, amarilla, frita o asada, son mis compañeras preferidas para sentarme con botella de vino en mano o ahogarme en un vaso de agua. Redondita quizás, rellenita sí, pero clara en mis amores culinarios.

A partir de hoy los acompañare en un camino de placeres gastronómicos casi sexuales para algunos como yo, y para otros, un acercamiento del tercer tipo a ese negro y lúgubre lugar que llaman cocina.

Comer por comer ya no es una necesidad básica de ningún adulto, no me crean tan pendeja con esa teoría, por el contrario, encontrarse con ese placer profundo con cara de orgasmo, es lo que me lleva a revivir en cada sartén mis mejores momentos de infancia en donde comía porque era mi actividad más placentera y amorosa de cada día.

Para mí comer es sinónimo de placer y conquista porque, como decían las abuelas, “barriga llena, corazón contento” y neura controlada. Pero además de comer, compartir y enseñar me hace sentir igualmente llena. Esto no es un manual básico de cómo hacer un huevo o el arroz perfecto, esto es un laboratorio semanal donde además de intentar enseñarles algo nuevo, pretendo entretenerlos y quizás enamorarlos.

Madame papita es la mezcla de los regaños de mi mamá por zamparme 10 papas saladas a la hora del almuerzo con mayonesa, los viajes gastronómicos de mi vida y algunas recetas que, espero, les sirvan para algo o por lo menos, para criticarme.

El Espectador, 13 de mayo de 2016