





Los colombianos pensamos que nuestro país es una constante prueba de fe. Entre los vaivenes de política, economía y violencia, millones aún creemos y confiamos en que vamos a estar mejor, y seguimos construyendo y creciendo. Ahora que se acerca Semana Santa, el mejor plan siempre será conocer nuestras regiones y, claramente, la gastronomía local, que para esta temporada alista sus mejores platos. La vida es un banquete, y la Semana Mayor la excusa perfecta para darse un festín. No me vengan con la cantaleta de la dieta o la excusa de vivir del ayuno, pues la gastronomía nos ha enseñado que la fe también entra por el estómago. El cuidado con la comida se mueve con las vacaciones, entonces es justo y necesario un balance, para conocer nuestras raíces, geografía y cultura.
Los invito a que hagan algo diferente, dejen de lado los prejuicios y salgan a recorrer Colombia con hambre, pero de conocer, de probar, de dejarse sorprender, porque este país también se recorre con el paladar. ¿De qué sirve viajar sí se quedan pidiendo lo mismo? ¿Van a la costa a comer arroz con coco? ¿Visitan Santander y se horrorizan ante una hormiga culona? ¿Llegan al Pacífico y prefieren el pollo frito? ¡Por favor!
Muchos salen en Semana Santa a visitar iglesias y recorrer pueblos de tradición religiosa, y me parece divino, pues nuestro turismo religioso es muy apetecido en el mundo. Popayán, Buga, Pasto, Monserrate, Mompox y Zipaquirá son puntos de encuentro mundial de feligreses. Por ejemplo, si van a la capital de Cauca, no dejen de probar el tamal de pipián, los aplanchados o una empanada con ají de maní, porque la Ciudad Blanca, además de su solemnidad, tiene gran herencia culinaria.
Si el destino es la costa Caribe, que la fe les regale el doble de goce, porque cada buen plato siempre va seguido de un gran postre. La región casi que tiene mandamientos: mote de queso en Córdoba, cóctel de camarón en Santa Marta o butifarras en Soledad. Ni hablar del sancocho de guandú en La Guajira, o del bollo limpio con suero en La Arenosa. Aquí comer es rendirle homenaje al Caribe, a sus sabores vibrantes y la mezcla de raíces que recogen la historia y memoria.
Si lo suyo es la montaña, vaya a Santander y olvídese de los prejuicios. Las hormigas culonas parecen intimidantes, pero más miedo da perderse una de nuestras joyas gastronómicas más antiguas. Soy poco amiga de ellas, pero de vez en cuando una hormiga cae bien. El cabrito, la pepitoria o un mute bien sustancioso también los dejarán más que satisfechos.
Y ojo si pasan por el Eje Cafetero, porque no todo es tinto y paisaje. Un fiambre envuelto en hoja de plátano, una bandeja paisa bien servida o un sudado de gallina les recordarán que allí se come con amor y sin miedo a la abundancia.
Del sur llega mi mayor apuesta, cargada de mucha fe en el Pacífico, una joya gastronómica por descubrir para muchos por temor, desconocimiento y el recrudecimiento de la guerra. También hay dudas de sus sabores, porque nos convencimos de que el pescado solo se come de una manera y que los mariscos son lujo de restaurante caro. ¡Nada más alejado de la realidad! Si van a Tumaco, Buenaventura o Guapi y no prueban encocado de piangua, tapao de pescado o arepa de huevo de pescado, mejor quedarse en casa a pedir perdón por sus pecados gastronómicos. Aquí la Semana Santa se vive a ritmo de marimba, viche y con aroma a coco.
Comer sin temor ni prejuicios es un acto de fe que mueve montañas y reactiva economías locales, y Semana Santa es el momento ideal para lanzarse a la aventura de sabores, descubrimientos y mucho aprendizaje. Por favor, salgan de su zona de confort y suelten la tendencia de moda en TikTok. No viajen solo por la foto en la iglesia más bonita o para meterse a una piscina. Viajen con el paladar, con el corazón y con la mente abierta porque, al final, la mejor manera de conocer un país no es solo mirarlo, sino saborearlo. Y en Colombia, créanme, hay bocados que saben a gloria.
Último hervor: Además de reflexión, la cuaresma trae unos requerimientos de dieta de la que muchos avivatos sacan ventaja, y más de uno acaba emproblemado. Dejemos la pendejada y hagamos el sacrificio de no comer huevos de iguana, que es ilegal, y mucho menos compremos fauna nativa de los lugares que visitamos. Semana Santa nos recibe con muchos desafíos ecológicos, y es mejor parar y pensar, que no es un fuerte de muchos, antes de comprar excentricidades. Que su intención no sean los pecados ecológicos sino convertirse en un turista ejemplar.
#MadamePapita
Madame Papita en X: @Gutierrezlinama