La revolución silenciosa de las huertas urbanas

Algo extraordinario viene ocurriendo en medio del ajetreo frenético en el que vivimos y el ensordecedor ruido de las ciudades. No es una manifestación, ni tampoco la apertura del siguiente lugar de moda. Es algo más profundo, más silencioso, pero estoy segura de que mucho más revolucionario: el florecimiento de las huertas urbanas en nuestras ciudades. Y no, no hablo solo de unas cuantas macetas en el balcón o de la moda de los microgreens en Instagram. Hablo de una transformación radical, que tiene el potencial de cambiar nuestra forma de vivir, de alimentarnos y de relacionarnos con el entorno.

¿Quién iba a imaginar que un puñado de tierra y unas semillas podían desafiar el sistema alimentario del mundo, revitalizar comunidades enteras y devolvernos un sentido de pertenencia que creíamos perdido? Yo creo que nadie y, sin embargo, así es. Las huertas urbanas son un renacimiento verde en medio del caos urbano, que puede ser clave.

Los beneficios de cultivar alimentos en medio de la ciudad van más allá de la frescura, la disponibilidad o el sabor. No se trata solo de disfrutar una lechuga recién cortada o de presumir en redes de las zanahorias orgánicas. Es ir recuperando el control sobre lo que comemos, porque en un mundo donde la mayoría de los alimentos viajan miles de kilómetros para llegar a los platos, cultivar nuestras verduras es un acto de resistencia. Tenemos ahí una manera de desafiar a una industria alimentaria que prioriza la eficiencia sobre la calidad, y el beneficio económico sobre la salud.

Lo bueno no para ahí. Las huertas urbanas contribuyen a reducir la huella de carbono, pues al producir localmente, se disminuye el uso de combustibles fósiles y se reducen las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, estas huertas ayudan a mitigar las islas de calor urbano, mejoran la calidad del aire y fomentan la biodiversidad en espacios donde antes solo había cemento.

Ahora, cultivar no se trata solo de las plantas: también les pega a las comunidades. En los barrios más densos, las huertas urbanas se convierten en una poderosa herramienta de unión: los vecinos se conocen, colaboran, comparten conocimientos y construyen redes de apoyo mutuo, integrando a personas de distintas edades, culturas y realidades socioeconómicas. ¿Así o más bonito? No hay un mejor ejemplo de inclusión, pues son espacios donde las diferencias se diluyen frente al objetivo común de cuidar la tierra y compartir la cosecha.

Un último punto a favor: la educación. En un mundo donde las nuevas generaciones creen que las zanahorias nacen en el supermercado envueltas en plástico, reconectar a los niños con la tierra puede cambiar vidas. Aprender sobre ciclos de cultivo, biodiversidad y sostenibilidad fomenta el respeto por la naturaleza, enseña sobre autonomía alimentaria y ayuda con la salud mental, ya que el contacto con la tierra reduce el estrés y la ansiedad.

Todo hasta aquí muy bonito, dirán algunos, pero eso no es “soplar y hacer botellas”, y eso lo tengo claro. Las huertas urbanas enfrentan desafíos como el acceso a terrenos, la contaminación del suelo o la falta de recursos. Hay soluciones igualmente desafiantes, como políticas públicas que fomenten la agricultura urbana hasta innovaciones como cultivos en azoteas, huertos verticales o hidroponía. La creatividad y la voluntad comunitaria son tierra fértil…

Esta tribuna defiende la comida honesta y el placer de comer sin remordimientos, y las huertas urbanas entran en estas categorías. La invitación, claramente, es a que se sumen a esta revolución. Se puede empezar con una maceta en la ventana, para así conectarse con la tierra y ensuciarse las manos. Siembren y cosechen, porque al hacerlo cultivan alimentos y ayudan a germinar un cambio profundo en la manera de habitar las ciudades.

¡Manos a la tierra! Estoy convencida de que este renacimiento verde no es una moda pasajera: es una revolución silenciosa, que germina en medio del concreto y nos llegará al corazón. Por eso, cada que vean un huerto urbano, paren y respiren hondo, pues allí, en ese pequeño pedazo de tierra, está creciendo algo más que lechuga: crece la esperanza.

Último hervor: En medio de noticias desalentadoras sobre el sistema educativo, eliminación de subsidios en el Icetex y una falta recursos generalizada en el sector, que el ministro de Educación repruebe su tesis de maestría es más que una anécdota. De una parte, demuestra la entereza de la Universidad Nacional, que calificó como un alumno más al presidente de su Junta Directiva. Y no podía ser de otra manera. Y de otra, prueba que hay que bajar el discurso panfletario y en teoría revolucionario frente a la educación, y ponerle más atención a los estudiantes, que terminan siendo los grandes sacrificados de este cambio que no tiene ni ton ni son.

#MadamePapita

Madame Papita en X: @Gutierrezlinama

@Madamepapita para El Espectador. Febrero 28, 2025.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn

Otras columnas

Acompáñame cada semana a recorrer temas que nos unen a través de la comida y sus tradiciones, las recomendaciones de buenos lugares y viajes glotones, productos y emprendimientos que vale la pena destacar y un descubrimiento de nuevas alternativas de salud, alimentación y bienestar con los aceites esenciales.

Me muero, pero de placer

Por un momento les propongo que juguemos a que llegó el último día de la vida y estamos advertidos, que el famoso aquí y ahora está más presente que nunca, ese instante donde se es consciente de tu humanidad, de

Alerta alimentos

Creo que todos estamos de acuerdo en que la comida, no importa si es la sofisticada del mejor restaurante o la de casita con la que crecimos, mejora cualquier situación. Piensen en un paseo, en una fiesta, en un momento

Flora de vida

Los colombianos somos buena muela por naturaleza: nos gustan los platos abundantes y con bastante sabor. Nuestra dieta siempre ha tenido una mezcla extraña de papas, plátanos, granos, arroces y sopas, recetas que nos dan energía, nos dejan satisfechos y