Uno al año no hace daño

Sentarse a la mesa en un restaurante se ha vuelto un desafío entre reservas, protocolos y la pereza de salir de la casa en medio de este invierno eterno, teniendo, además, gran parte de la oferta a un clic, gracias a los servicios de domicilios. A todo eso hay que sumarle que se acabaron los manteles, las mesas bien puestas, esa cercanía humana que les daba a los lugares un toque especial, y poco a poco nos acostumbramos a los códigos QR pegados en la mesa, a los cubiertos en bolsas que se reutilizan para el tapabocas y a que los platos para compartir ahora generen la pregunta de “¿seguro compartimos?”.

Eso sí, creo que todos agradecemos profundamente la atención de cada una de las personas que hacen parte de un servicio, las maromas de muchos lugares para seguir adelante y, sobre todo, lograr adaptarse a esa nueva realidad en que todo está lleno de desafíos logísticos, económicos y hasta ambientales.

Yo a gritos pido volver más a menudo a esas escapadas de largas horas con amigos, comida para todos y una carta deliciosa. Me hacen falta los floreros, las mesas bien dispuestas y el menú impreso; sí, soy de esa antigua escuela a la que el papel la enamora y le permite pedir de aquí y de allá, sin enloquecerse ni perderse porque “el internet no entra bien”. Por eso, gracias a todos los que a diario se levantan, apuestan, crean y se ponen la camiseta con todo lo nuevo que tienen para nosotros, sus comensales.

Una salida así al año no hace daño. Por el contrario, creo que nos ayuda a todos a cambiar el panorama y la rutina, convirtiéndose en un alivio a la eterna duda de cómo será volver. Es, seguro, un respiro para el alma y para la barriga, siempre ávida de probar las delicias que otros preparan para nosotros. Esto se convierte en un deseo mundano, romántico, que le roba a uno muchas veces un suspiro, y es el espacio propicio para escribir historias, capítulos y hasta novelas a punta de recuerdos, risas y gratos bocados.

Precisamente esta semana tuve una experiencia en @atelierdelaplaza que me quitó el aire, me compuso la semana y me demostró que es cuestión de tiempo y ganas recuperar esos espacios de comer con calma y sin que haga falta nada más, esos donde todo, desde la entrada hasta el café, es una experiencia. Hace unos meses recomendé @trattoriadelaplaza no solo por su comida, que es maravillosa, sino por esa apuesta de volver al entorno de la plaza de mercado y generar un espacio moderno, con personalidad, donde no hay plato malo. Así las cosas, sigo siendo cliente, como feliz y pago con gusto esa maravillosa comida clásica italiana. Eso sí, nunca es corto, porque es un lugar donde provoca quedarse y volver a disfrutar del ossobuco de ternera y las pizzas, que son de infarto.

De este mismo grupo nace el Atelier, todo un tesoro en pleno corazón financiero de la 72. Pocas mesas, una amplia cava, y una clásica comida francesa que hacía tiempo andaba buscando. Carnes, pescados y platos típicos donde se destacan los mejillones provenzales, todo un lujo, y las papas fritas, crocantes y deliciosas. El pulpo a la parrilla viene con vegetales y unas papitas criollas suficientes para compartir, y no se puede olvidar, claramente, el fuerte: la carne.

Algo que me llamó mucho la atención, de lo que más me gustó, fue el cruce de vajilla blanca con pequeñas vasijas de barro negro, donde servían la crema catalana. Cada detalle hace que la experiencia sea increíble. Si después de todo piden café y pousse-café, tómense la tarde y disfruten de los amigos, que por demás los extrañamos, nos hacen falta y siempre serán la mejor excusa para que ese momento sea ese paréntesis especial del día.

#MadamePapita

@ChefGuty para El Espectador. Septiembre 3, 2021

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