La pitadora

Perspectiva. Eso es lo que necesitamos todos hoy para salir de la pitadora en la que estamos. Esta olla a presión donde la indolencia, la falta de ver al vecino con compasión, y la temerosa duda sobre lo que vendrá nos tienen como esa olla vieja de mi mamá, que tenía el caucho pelado y el pito de lado. Esa que, sobre todo, daba pavor cuando empezaba a pitar, pues uno no sabía en qué momento iba a estallar.

Sin embargo, también reconozco que no hay mejor sopa de cebada o fríjoles que los que se hacen en la pitadora. En la justa medida, el costo-beneficio de los nervios de usarla hacen que cada plato sea una experiencia religiosa. Por mi parte, di un salto cuántico cuando cambié la peligrosa olla de mis pesadillas por una de esas que se cierran y, en silencio y seguridad, cocinan todo en cortos tiempos.

Para muchos, una de esas herencias de la vida fue el curso de cómo usar la olla a presión. Gracias a Dios, en mi casa no hizo parte de las enseñanzas culinarias, pues mi abuela nunca tuvo y la mía simplemente un día desapareció, así como desaparecieron los vendedores que pasaban por la cuadra ofreciendo cambiar el caucho y revisar la pitadora por megáfono.

Reconozco que mis amigas se dividen en dos grupos. Uno es el de las que son capaces hasta de hervir el agua del café del desayuno en la olla a presión. Por ahí pasan carnes, sopas, guisos y, si uno se descuida, echan a la pitadora hasta las tareas del niño, para que se resuelvan. Mientras que hay otras que, como yo, entre menos la usemos más tranquilas estamos. Los fríjoles nos saben más ricos en la casa de la vecina y la carne desmechada es más sabrosa sin tantas horas de pito loco. Definitivamente la vida es más tranquila sin presión.

Así mismo, debería desaparecer ese apremio que nos está consumiendo a los colombianos, que nos ablanda el corazón con cada tragedia que leemos, que nos tritura como garbanzos pitados la esperanza al ver cómo, en medio de esta pandemia, todavía seguimos jugando con la papita, con los productos de nuestros campesinos y con los negocios y empleos de cientos de colombianos que, más allá de este año tan difícil por el bicho, ya habíamos vuelto a creer en un mejor futuro.

Por eso mismo, hoy quiero reconocer el trabajo de cientos de colombianos que siguen saliendo a vender sus productos no solo en las plazas, sino en las tiendas y en las esquinas de los barrios. Las señoras de las aromáticas y tintos que cada noche acompañan a los vigilantes, y que se levantan en la madrugada a preparar los termos que les dan el sustento a sus hijos; los señores que los fines de semana nos despiertan con sus ventas de los sabrosos envueltos de mazorca y tamales y, por supuesto, las arepas con huevo que ve uno en las esquinas y que dan ganas de desayunar de solo verlos trabajar con tanto ahínco. Cada uno de esos colombianos también se levanta con necesidades y sueños así que, antes de comenzar a sacarlos en malos términos de su encuadre perfecto, colaborémosles, pues su realidad hoy seguramente es mucho más difícil que hace un mes. Apoyemos los pequeños negocios, las iniciativas caseras y esos emprendimientos que, de lejos, se ve que hacen la diferencia, si los vemos cómo un aporte no solo a nuestra alimentación, sino a la de ellos.

#MadamePapita

@chefguty para El Espectador, Mayo 28 de 2021

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