Como en casa

Viajar es uno de los mayores placeres de la vida. Conocer, caminar y descubrir la gastronomía local hacen de cada viaje una experiencia memorable. Sin embargo, cuando uno toma la decisión de vivir fuera, aprende a valorar que el mayor placer de la vida se convierte en tener un mordisco de su país en la casa. En un vuelo cualquiera que va fuera de Colombia, siempre encuentra uno en el equipaje del vecino una bolsa de Juan Valdez o Café Quindío, unas achiras llevadas a mano para que no lleguen rotas y un sinfín de confites que se compran antes de abordar para que, al llegar, sean el primer abrazo que reciben los que están por fuera.

Pandeyucas congelados, lechona enlatada, tamales empacados al vacío, panelitas de leche, cocadas, arepas, chocoramos, en fin, hasta ají casero, titoté y demás condimentos locales hacen posible una suculenta cena cuando uno decide tener un pedazo de corazón en la mesa.

¡Pero lo mismo nos pasa localmente! Comunidades que se toman las mesas colombianas y nos deleitan con sabores que llegan a mezclarse con los nuestros. Arepas venezolanas que son un bocado del cielo al desayuno, moros y cristianos que nos enseñan que los frijolitos van más allá de nuestras raíces, o salsas y pasta italiana que nos llevan a una trattoria de esas de las postales. Súmenle condimentos indios, chinos, peruanos y hasta argentinos que inundan las góndolas de nuestros mercados y han permitido que Colombia tenga una amplia oferta de restaurantes internacionales. Restaurantes árabes, peruanos, rusos, cubanos, italianos, chinos o “gringos” nos dejan vivir un poquito de cada país.

Esta semana volví a a Cooking Taichi (@cookingtaichi), gracias a una maravillosa invitación de amigos chinos. Era una experiencia diferente, ir sin el afán de comer algo y salir corriendo, se trataba de disfrutar toda la experiencia, entre historias de la vida en China y la génesis de cada plato fueron pasando uno a uno los platos.

Un salón reservado en un segundo piso, que en una sola mirada era un rincón de su cultura, nos recibió para probar unos diez platos, entre los cuales reconozco que me llevaron al cielo las orejas de cerdo y el pato Pekín. Rollitos primavera crocantes, pescado agridulce bien sabroso, mariscos con tofu, verdura china con salsa de ostras, chow fan (nada más y nada menos que el clásico arroz frito con huevo y vegetales), lomo mongolés servido en plancha y unos deliciosos naihuangbao me recordaron mis viajes y comidas en las calles de Beijing, Hong Kong y Shanghái.

¿Cuál es la diferencia si al final restaurantes chinos hay muchos?, se preguntarán; el tesoro, como dicen en la película Kung Fu Panda, está en el corazón del restaurante. Cocineros nativos de China, de varias regiones, que garantizan la tradición de las recetas y la importación de materias primas que hacen posible que cada plato sea el mejor reflejo de esta cultura milenaria. Una embajada china en Bogotá y una forma deliciosa de conocer una de las gastronomías más importantes del mundo.

#MadamePapita

@ChefGuty para El Espectador. Febrero 22, 2019.

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