Efecto ascensor

Los restaurantes como los romances tienen una fenómeno comúnmente conocido como el efecto ascensor: de subida todo es maravillosamente rápido, pero de bajada… Todo pesa, y el doble.

La mejor fase del enamoramiento es la novedad de los planes, el detalle coqueto de siempre estar a la moda y de tener la situación perfecta en la cabeza. Los primeros meses todo es tan deliciosamente empalagoso, que de repente tiene diez kilos uno encima, ¡y ni se enteró cómo! Y llega así la temida frase de “su mujer qué buena mano tiene” para decirle a uno que ha subido de peso.

Es ahí donde el juego del picante y el dulce es una necesidad básica de romper las rutinas, de buscar y descubrir dónde es que va a terminar comiendo, de tragos o de postres. Si no avanza se empalaga, se hastía y acaba volviéndose inapetente.

En la fase del enamoramiento cada sabor, aroma y textura cobran un lugar fundamental en la memoria. Ese gusto por la comida hace que el gusto se comparta y se convierta en un arma letal de enamoramiento. El amor entra por la boca, como decía Laura Esquivel en Agua para Chocolate, y sin dudarlo razón tenia cuando escribía que “cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión que se produce al encenderse uno de ellos es lo que nutre de energía el alma”.

Esta afinidad gastronómicas abre puertas a otras delicias de la vida como la buena música, una buena noche de copas y hasta una tarde de silencio compartido leyendo un buen libro mientras devoramos una “tarde de té”. Esa línea entre el placer y disfrutar la vida de la buena mesa nos deja en el punto de que cada gramo de amor tiene un gramo de pasión por lo que comemos.

Al igual que en el amor, producir la fórmula perfecta en la oferta de comida es cada día más difícil de lograr. Entre la novedad y el descreste del lugar, nos estamos perdiendo en lugares espectaculares, pero que a la hora de la verdad no tienen identidad ni ese qué ni ese dónde. Las opciones son innumerables hoy para salir a comer, lo difícil está en ese sabor que me hace volver, en esa experiencia de amor que me arrastra una y otra vez, y en ese recuerdo gastronómico que me eriza.

Hoy les dejo (2) recomendados que me llevan y me traen por las mesas.

Home Burgers: Simplemente una hamburguesa perfecta, clásica y a la parrilla. Pocas salsas, pepinillos y cebolla fresca. Acompañada de papas fritas crocantes. No piense que es un restaurante con sillas, meseros, etc., es una experiencia sencilla de hamburguesería donde el corazón de los empleados está en la calidad del producto. Hay sonrisas, hay servicio y el producto es espectacular. Lo mejor: uno no sale oliendo a fritos.

Amen Ramen: Es una mezcla completa –ambiente, música, servicio personalizado y una carta no muy amplia que permite que lo que coman esté en su punto y sea realmente bueno-. Comí costillitas taiwanesas simplemente de campeonato entre el sabor y la textura podría pedirlas siempre y ramen, el cual me costó al principio, tenía muchas expectativas después de las costillas, pero al final me llevó a ese lugar de la memoria donde calificó para quedarse.

***

Posdata: Muchos preguntaron por los mercados y más los súperalimentos y el chachafruto, aquí les dejo los datos y que los disfruten.  https://www.facebook.com/Mercados-Org%C3%A1nicos-200706526791213/,  y www.mrbalu.com.

#MadamePapita

@ChefGuty para El Espectador. Julio 22, 2016.

 

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